Viajeros del ártico

Alaska y El Gran Norte

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Alaska es una palabra cargada de belleza y de dureza. El solo hecho de pronunciarla le habla a uno de inmensos bosques, de frío, de hielo y de nieve, y de una naturaleza salvaje, pero especialmente, de grandeza. Todo allí es desmesurado, incluso las cifras. Si decimos que en Alaska hay unos 5.000 glaciares y unos 3.000.000 de lagos muchos pensaríais que se nos ha escapado algún cero de más, pero la pura estadística viene aquí a corroborar el hecho de que Alaska es la gran reserva ecológica del continente americano.

Este territorio, de una extensión tres veces mayor que el de la Península Ibérica, se convirtió en estado de la Unión -el 49′-casi un siglo después de que los americanos se lo compraran a los rusos por 7.200.000 dólares, allá por 1.867. Fue sin duda la inversión más rentable hecha jamás por el pueblo americano.

Los primeros pobladores llegaron a la península de Alaska hace unos 30.000 años atravesando desde el continente asiático el estrecho de Bering, entonces un extenso territorio libre de las aguas del océano, debido a la desecación provocada por la era glacial.

Pero a lo largo de los siglos, aquella dureza inherente al territorio del Gran Norte ha sido decisiva para que el número de sus habitantes sea siempre escaso. Actualmente ese número roza el millón de habitantes, pero si tenemos en cuenta que cerca de las dos terceras partes se reparten entre Anchorage, Fairbanks y Juneau, las tres ciudades más grandes, resulta que únicamente unas 200.000 personas viven repartidas por el territorio de Alaska, y todos ellos sufre y padecen la dureza de su largo invierno y como recompensa comparten de un modo privilegiado el esplendor y la grandeza de un escenario natural único en el planeta.

Alaska es además un verdadero santuario de la vida salvaje, tanto animal como vegetal. Así, los bosques de este territorio juntos, podrían cubrir todo el suelo español -medio millón de Km2-. En lo que a animales se refiere, el extremo Noroeste del continente americano ofrece la más numerosa y poblada variedad que ningún niño podría imaginar: Osos, lobos, linces, alces, caribús, muflones de Dall, nutrias, castores, morsas, águilas calvas, buhos, salmones… Son algunas de las especies tan comunes en aquellas tierras como exóticas y legendarias nos parecen aquí.

archivo_viajeros_del_artico-25Con una tarjeta de presentación así, aquella zona del continente americano, el llamado Gran Norte, debe atraer forzosamente a cualquiera que tenga un mínimo interés por la naturaleza. Para los aficionados a la fotografía, el cine o el video, un viaje allí es una constante sobredosis de imágenes, una inspiración intensa que dura hasta que uno empieza a subir las escaleras del avión para volver a España, y a la que normalmente no se está en absoluto acostumbrado. Únicamente la dureza de las condiciones y las bajas temperaturas consiguen apagar el entusiasmo y la euforia que produce el desfile incesante de imágenes únicas ante la propia cámara. El Gran Norte, fantástico, pero lejano e inalcanzable para la mayoría de las personas, ofrece un reto importante, e incluso permanente para un proyecto como el nuestro, basado en la defensa, exaltación y divulgación de los grandes valores ecológicos y humanos que han hecho de’ esta zona de la tierra un brillante, ejemplo de lo que debe ser el binomio hombre-naturaleza.

archivo_viajeros_del_artico-8La afición a los perros de trineo, y su utilización de hecho en gran parte de los recorridos que efectuamos en Alaska y Canadá, nos ha parecido el hilo conductor ideal para enlazar los diversos aspectos y facetas de la vida en El Gran Norte. Este medio de transporte ha venido siendo utilizado desde hace miles de años, y aunque no es tan rápido y efectivo como los modernos medios mecánicos, otorga a cualquier travesía que se realiza en aquel territorio el carácter necesario para convertirla en aventura, y ofrece una dimensión nueva y distinta al hecho de desplazarse por la tundra, los bosques o el lecho helado de los ríos. El contacto directo y obligado con la naturaleza y con el clima supone conducir el trineo y convivir con los perros convierte al mushing en una actividad deportiva absolutamente peculiar. Por otra parte, resulta muy agradable comprobar cómo los habitantes de aquellas tierras reciben y acogen a todo el que llega a su poblado utilizando este medio de desplazamiento que para ellos es tan habitual y cotidiano.

La compenetración y la estrecha relación que une al musher con sus perros simboliza y refleja fielmente el grado de dependencia que tiene el hombre respecto de la naturaleza para poder, simplemente, vivir, y sobre todo expresa el grado de dependencia que tiene la naturaleza respecto del hombre para seguir conservándose en su estado más puro.

Ángel Pablo Corral Jiménez

JMP291Alaska y El Gran Norte

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