Diario de viaje

Diario de viaje | Otoño de 2016

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15 de noviembre de 2016 | En busca de la última frontera

Durante años, los territorios del oeste de EEUU, fueron el hábitat natural de aquellos que llegaron buscando suerte y fortuna. La situación límite de aquella extrema región y el carácter de los colonos de principios del siglo XIX, dio lugar a una sociedad fronteriza que se desenvolvía a la perfección en las regiones que aún no habían sido civilizadas.

El carácter salvaje de aquellos hombres, encajaba a la perfección con el lugar y la circunstancia. Inmensas extensiones a las cuales aún no había llegado la modernidad. Hablamos de territorios por explorar y conquistar. En un contexto caótico, que permitía a los hombres ser tan libres como ellos quisieran.

Cuando llegó el ferrocarril todo aquello cambió, donde antes había aldeas y pueblos surgieron ciudades. Donde había crimen y desorden llego la ley. Donde había hambre y miseria llego la prosperidad. La sociedad industrial lo cambió todo y en un abrir y cerrar de ojos, y el Salvaje Oeste Americano desapareció para siempre.

Todos aquellos que habían vivido el sueño de la fortuna y la libertad se quedaron sin él, unos se adaptaron a la nueva realidad, y otros, los más rebeldes decidieron no conformarse y se marcharon en busca de su destino, se marcharon en busca de la Última Frontera.

En nuestro viaje a los territorios de El Gran Norte es obligada la escala en la costa oeste. Seatle, los Ángeles, San Francisco, son ciudades por las que pasamos antes de llegar a Alaska. Del mismo modo, que lo hicieron ellos hace más de un siglo.

Hoy el 15 de noviembre de 2016 de nuevo salgo del aeropuerto de los Ángeles en busca de mi destino.

16 de noviembre de 2016 | Turnagain Arm

La llegada a Alaska me desubica profundamente. El contraste entre las soleadas y calurosas playas de California y el rigor de El Gran Norte en el corto espacio de tan solo unas pocas horas, provoca fatiga, esto sumado a la privación de sueño y de descanso, terminan por minarme física y moralmente.

En mis prisas por ponerme en marcha lo antes posible y cumplir los objetivos marcados, paso por alto las limitaciones que me impone mi estado físico. Lo cierto es que es muy difícil moverte solo, asumiendo las obligaciones y la responsabilidad de un proyecto que sin duda, requiere de la participación de un equipo de al menos tres personas.

Después de atender los correos de mi trabajo y las crónicas del viaje utilizando la red wifi del aeropuerto de Ánchorage, alquilo un coche para moverme por la ciudad y los alrededores. Pronto empiezo a darme cuenta de que el cansancio me limita bastante, pero decido continuar con los planes y me dirijo al kennel de Dean Osmar.

El paisaje es de una belleza impresionante, las primeras luces del día me descubren las turbulentas aguas de Turnagain Arm, un brazo de mar que lucha sin cesar con una de las mareas más salvajes que existen en el planeta. A su llegada, las aguas que se adentran en este valle galopan a tal velocidad que sería imposible escapar de ellas. Horas más tarde, en su retirada, dejan al descubierto el cenagoso lecho de este pedazo de tierra.

En su vertiginosa caída, las montañas han creado un cañón de inmensas proporciones. A ambos lados las paredes de roca y hielo, abajo en el fondo una bandeja de lodo y arena, y arriba un cielo azul turquesa.

Aquí el mar reclama su espacio lanzando a diario un muro de agua que arrasa todo lo que encuentra a su paso. Después todo queda en calma y el agua desaparece dejado al descubierto su obra, la naturaleza como siempre, majestuosa y sublime.

Es hora de retirarse, necesito descansar…

17 de noviembre de 2016 | Aún en Anchorage

El día amanece gris y anodino, una jornada más en Anchorage y ese sentimiento de perdida. Cada día que estoy aquí estoy fuera de Alaska, por que estar en Anchorage es la mejor forma de estar lejos de lo que estoy buscando.

Esta es una ciudad al más puro estilo americano. Más de 300.000 personas han querido que aquí exista una macro urbe y se esmeran para que lo parezca. A lo largo de sus anchas avenidas se sitúan tiendas, centros comerciales, talleres, comercios, edificios residenciales y hasta rascacielos de cristal que hacen que se le asemeje a cualquiera de las urbes del resto del país. De no ser por las montañas que le rodean se diría que estamos en otro lugar, cualquiera menos Alaska.

La sensación de perdida de tiempo es algo inevitable para mi, por que estando aquí estoy lejos. Un día perdido, si no fuese por que después años, al final me encontré de nuevo a Doug Katchatag, el primer nativo al que conocí, y después de casi 25 años y muchos esfuerzos, nos encontramos de nuevo.

!Parece que fue ayer! Dice Doug.

18 de noviembre de 2016 | Releer un libro

Para mi hoy amanece muy pronto, son las cuatro de la madrugada y ya no consigo dormir. Anoche me acosté pensando en las historias que me contó aquel esquimal que conocí un cuarto de siglo atrás. Nada cambia aunque todo se trasforme, él sigue siendo el mismo, arrastra su pierna y sus años, la pesada carga de toda una vida con sus aventuras y desventuras.

Su hijo John ya no esta con él y tampoco esta con nosotros. Que mala noticia, como le recuerdo al pequeño John de apenas diez años preguntando por los españoles.

Cómo éramos, qué comíamos, cómo nos vestíamos. Y su bicicleta, quería una bicicleta. Como todos los niños, aunque él era esquimal.

Para mi su padre es como un libro. Un libro que leí hace 25 años y que hoy abro de nuevo. Cuanto aprendí con Él. Mirar y ver algo donde no hay nada, a escuchar sin hablar, a esperar, a entender a los perros, a la naturaleza, y a entenderme a mí.

Gracias a Doug Katchatag, mi amigo esquimal, aprendí a reír ante la adversidad. Delante de mí, y delante de ustedes se habré un mundo de experiencia y experiencias, el mundo de los Inuit.

He recogido a Katchatag en su hotel de Ánchorage y nos dirigimos al aeropuerto para volar a Unalakleet, un pequeño pueblo esquimal del Mar de Bering. Allí es donde nacieron él y sus ancestros y allí es donde morirá, en la tierra de los Inupiak.

Un pequeño avión bimotor nos eleva a los cielos de Alaska. La vista es impresionante. A la derecha en dirección oeste podemos contemplar la inmensidad del Alaska Range, una cordillera que se eleva hasta los seis mil metros y que se extiende a lo largo de casi mil kilómetros, hay tanto picos y montañas que es imposible contarlos, solo unos pocos tienen nombre. De entre todos ellos destaca el Mackinley, al que los nativos llaman Denali, que en su lengua significa «El más grande».

En su giro de aproximación, el aeroplano muestra las aguas del mar de Bering, que ya comienza a congelarse, una pequeña pista cubierta de nieve y escarcha. Sirve de plataforma de aterrizaje al bimotor, que toma tierra sin mayor novedad. Aquí los bush pilot resuelven sobre la marcha cualquier situación que se les plantee. Son unos auténticos ases de los cielos.

Al bajar la escalerilla del avioncito me en encuentro con el recibimiento, siempre es así, el blizzard corta la cara como un cuchillo. Estamos en El Gran Norte, en el hangar un grupo de nativos esperan la llegada de amigos y familiares, de entre todos surgen un rostro risueño, me mira a los ojos y pronuncia en su ingles con acento esquimal. I KNOW THIS MEN!!!… Es Rony, el mismo que deje aquí hace 25 años, la mismas sonrisa, la misma mirada, el mismo hombre. Que alegría me da verle de nuevo. Él y su amigo Katchatag me miran de arriba abajo y se ríen. Se ríen mucho, buenos recuerdos, muy buenos, de aquellos días que disfrutamos del Gran Norte y de nuestra mutua compañía.

En apenas unos minutos el sol desaparece, y se hace oscuro. Unalakleet es un pequeño pueblo esquimal del mar de Bering, la civilización ha convertido esta aldea de nativos en una urbe destartalada, llena de viejas cabañas que se caen, de motonieves totalmente desfasadas en el tiempo. Un lugar lleno de chatarra y de barquitos que los residentes utilizan en el corto verano para recoger la pesca que les alimenta todo el año. Hoy, al igual que en el resto de los pueblos esquimales del Ártico, la economía de subsistencia convive un nuevo modelo socioeconómico, que no termina de encajar en la identidad de este pueblo.

Las calles son el resultado de alinear cabañas y chamizos a lo largo de la línea que crea la costa del Mar de Bering. Cuando anochece, la oscuridad y el frío hace que los habitantes de refugien es sus hogares, todo queda desierto y el Ártico recupera sus dominios, a veces los osos se acercan a curiosear en busca de comida y los hombres, al menos los que venimos de fuera, no somos nada en medio de este edén.

19 de noviembre de 2016 | La mañana ártica

Un viento leve y fresquito que nos llega del este, hace que la sensación térmica sea de menos treinta grados, la noche esta despejada y en el horizonte oeste, las primeras luces marcan el comienzo del nuevo día en el Mar de Bering.

Son las 10 de la mañana, poco a poco la claridad del alba espanta la larga noche, el sol se resiste a salir. Se toma su tiempo antes de aparecer. El fenómeno astrológico surge de la inclinación del eje del planeta. En su tercer movimiento, durante los meses de invierno, el globo terráqueo se reclina ocultando esta parte de nuestro mundo. Los rayos del astro sol apenas consiguen llegar hasta aquí, dentro de un mes será de noche «para siempre», y ya nada podrá evitar que todo sea negro.

Las calles están desiertas y yo me dirijo a la línea de la costa. Mientras retrato este paisaje urbano en medio de la nada, me tranquiliza pensar que el invierno esta empezando y los osos grizzli se retiran a hibernar en esta época del año. Los polares están en otra latitud, más al norte. A pesar de esto camino, no sin cierto temor a que algún oso despistado me encuentre.

Solo los cuervos reparan en mí. Que animal tan enigmático, me encanta verlos de cerca y creo que a ellos les gusta la presencia humana, los nativos dicen que algunas personas viven en ellos.

En la costa, el hielo desplazado por la marea ha creado un escudo de cristal que me impide entrar en el mar, se ha formado un pequeño tobogán extremadamente resbaladizo, pero al otro lado están las fotos que yo busco.

Valorar el riesgo de cualquier decisión en este entorno no es fácil, las actividades que en nuestro entorno civilizado y cosmopolita nos pueden parecer venturosas y temerarias, aquí no dejan de ser un hecho cotidiano. Esto esta lleno de héroes anónimos, pero también abundan esos otros que dejaron de serlo, por subestimar la realidad. La vida en El Gran Norte es un drama cuyos capítulos carecen de interés en este mundo cruel y despiadado. Aquí la naturaleza no hace concesiones, solo los más fuertes y los mejores sobreviven. Aquí las reglas son otras.

Los siniestros en estas latitudes no son frecuentes, a pesar de la alta exposición de los que se aventuran en los bosque boreales y la tundra Ártica. Será por su habilidad, por destreza, por su conocimiento del entorno, por su coraje o por su suerte. El caso es que los que «salen afuera», casi siempre regresan sin más novedad que la de haber vivido un nuevo día en sus vidas.

El caso es que me animo y paso al otro lado, con la única novedad de haberme afanado durante más de una hora para avanzar uno pocos metros por el hielo resbaladizo, y la de haber conseguido las fotografías e imágenes que buscaba.

Deambulo por la calles de Unalakleet en busca de fotografías del poblado. Hoy estoy tratando de conocer un poco mejor a esta comunidad que en cierto modo es como la capital de un territorio que en dimensiones es como todo Suiza.

El Norton Sound, se extiende a lo largo de mil kilómetros de costa, que van desde poco más arriba de la desembocadura del río Yukón, hasta cerca del estrecho de Bering.

Aquí, el Océano Pacifico deja de serlo para convertirse en un mar bravo y traicionero, el mar de Bering. Las corrientes cálidas que vienen del sur entran en contacto con las gélidas aguas del océano Ártico. Del encuentro de estas corrientes, surge este mar al que los rusos llamaron así en honor a su descubridor. Aquel navegante, audaz e intrépido, se aventuro por estas aguas que unen y separan lo que se viene llamando la región de Beringia, dos mitades de una misma unidad, el pueblo esquimal de los Inupiak y su mundo.

A lo largo de la Rivera que conforma este accidente geográfico, se disponen los pueblos nativos que siempre vivieron de la generosa entrega de este mar hostil y a la vez amable. Los pueblos y comunidades de aquí, siempre practicaron una economía de subsistencia basada en la captura y manufactura de los frutos de la tierra y el mar. Pueblos, en definitiva, que vivían y convivían entre la paz y la armonía; sobre un mundo, habitado única y exclusivamente por esos hombres y mujeres que llegaron hace miles de años y que se mantuvieron en el más formidable primitivismo que se pueda imaginar. Pero sobre todo se mantuvieron a si mismos, hasta que la llegada seductora modernidad.

Se puede decir mucho de las culturas nativas de norte américa, y de la riqueza simple y austera de los pueblos que lo habitan. De la historia, vida, pasado presente y futuro de estas gentes daré cuenta mas adelante, en una versión singular y única en cuanto a lo visto y oído por mi. Será mi versión, una versión subjetiva, que sin animo de desmerecer lo publicado por expertos, aportará mi experiencias de viajero que convivió con ellos, y que quiere ver más allá de la rigidez académica de los estudios que buscan documentar esta forma de vida, y a estos seres humanos.

El resto del día, transcurre sin mayor ni mejor novedad que la de haber acompañado a Jaime a visitar la tumba de su hermano y su abuelo. Allí, en la tierra helada del permafrost estaban dos generaciones, separadas por la brecha de la modernidad, y unidas por la línea de los genes. Dos destinos dispares cuyo nexo de unión es el hombre al que conocí hace 25 años y con cuya entrevista termino este día 19 de noviembre.

20 de noviembre de 2016 | Dirección a ninguna parte

Randy es uno de esos tipos que se encuentran por Alaska y que a mi me recuerda a los tramperos que viajaban con sus equipos de perros recorriendo el territorio.

Por alguna extraña razón, que yo de momento desconozco, Randy decidió vivir en esta aldea de nativos. El suyo es uno de los últimos equipos de perros que quedan por aquí.

Enfrente de la puerta de su cabaña están sus perros. Compañeros con los que comparte vida y fortuna. Tres o cuatro días a la semana los engancha a su trineo y sale a recorrer estos inhóspitos parajes por el puro placer de hacerlo.

Su voz, su aspecto, su indumentaria y sus gestos vivos y enérgicos, delatan el talento y el talante de este hombre de El Norte. Randy es un tipo amable, me invita a tomar un café al calor de su estufa de leña y me pide que no le haga fotos, pero el suyo es el retrato de uno de esos pioneros que llegaron huyendo del apacible abrazo del progreso. Y en cierto modo él, es un pionero de su tiempo creando un nuevo estilo de vida, sobre un viejo habito, el habito de explorar.

Hablamos de perros de trineo y me pregunta acerca de la relación que me gusta tener a mi con los míos. Le sorprende mi exposición y rápido me invita a salir fuera. Aun ahora, no se muy bien si me quería poner a prueba, me quería invitar a salir, o simplemente quería que corriéramos sobre los hielos del río Unalakleet en dirección a ninguna parte.

El día es perfecto para correr, el frío que somete a los humanos promete felicidad a los canes, y aunque cueste creerlo ellos son felices cuando las temperaturas caen por debajo de cero. El frío y la nieve son su mundo y cada vez que salimos a correr nos llevan a él. Probablemente por eso nos guste lo que hacemos, aunque pasemos frio.

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Ha nevado poco los últimos días y el fuerte viento del oeste barré la superficie del río que ahora es una pista de hielo. El sol se refleja en este cristal grisáceo y los patines se deslizan sin control alguno. Los perros, agitados y nerviosos corren sin parar intentando mantener el equilibrio sobre la pista de patinaje.

El mushing es sobre todo aventura y pasión. Con lo cual las condiciones que uno se encuentra al practicarlo forman parte de un todo, que de ninguna forma excluye fatigas y penurias, y precisamente por eso nos gusta.

Al poco de salir la capa de hielo se parte y de repente el equipo se debate entre un lodazal de agua helada, escarcha y carámbanos. Temor a que la capa ceda y nos hundamos, pero confianza en que ellos resuelvan la situación. Randy atento a sus funciones de Musher da ordenes a su líder, que se debate por salir del charco, todos le siguen y finalmente encuentra el camino. Todo pasa sin más perjuicio que el de estar empapados en agua helada.

Impresionante la agilidad, capacidad y resistencia de estos animales, afortunadamente, debajo de la capa de hielo había otra. Ocurre que a veces el agua brota por encima del hielo hundido y después una fina capa de escarcha lo recubre, formando esas balsas que se convierten en trampas y que te pueden complicar la vida.

De vuelta, en la cabaña de Randy recuperamos calor, energías y alegría, afuera los perros descansan.

Un hermoso día de mushing, frio y sol.

Rony sigue siendo el mismo chico que deje. Ahora con 25 años más, pero con esa misma sonrisa, y su sentido del humor. Solía llevar su revolver cerca y a la mínima se liaba a tiros, por pura diversión. Cosas de un chico travieso de estas latitudes.

Conoce su comarca a la perfección y me dice que aún le gusta viajar tan lejos como puede, para llegar a algún lugar donde él sabe que jamás estuvo nadie. Aquí esas cosas ocurren, aquí tienes el privilegio de poder pisar la tierra que nunca nadie piso.

Hablamos de nuestro viaje, el que hicimos hace mucho tiempo, y también hablamos del otro viaje; el que quizás hagamos algún día, quien sabe.

Cae la noche sobre el mar de Bering, el cielo se enrojece con los tonos del atardecer Ártico. Yo cojo mi pequeño avión para regresar «a la civilización».

No dejo de acordarme de Jamie, de sus hijos, de su padre. ¿Qué será de ellos, espero volver a verlos.

Aquí queda una parte de mi.

21 de noviembre de 2016 | De nuevo en Ánchorage

El contraste de las salvajes tierras de Norte con el confort de la gran ciudad. El contraste de los áridos y desiertos paramos del Ártico con la muchedumbre abigarrada de la ciudad de Ánchorage. Los extremos de nuestro mundo.

Aquí estaré, el tiempo necesario para comprar provisiones, poner a punto los equipos y «conectarme» a mi otro mundo. Un par de horas de gestiones y listo para partir, rumbo al norte.

22 de noviembre de 2016 | El hogar de los Athabascan

El valle de Mathanusca es tan grande que mi país casi entraría en él. No solo caben algunos países, también cordilleras, ríos que hacen parecer al Ebro un riachuelo, bosques sin principio ni fin y lagos, aquí hay tantos que es imposibles atravesar este valle. Solo en invierno cuando todo se congela se puede viajar de un extremo a otro. Pero a decir verdad, hoy día nadie lo hace.

La civilización a sometido esta tierra cerril y salvaje, creando un pasillo por el que se desliza el escaso tráfico rodado que se dirige al norte. En los años cincuenta, en plena guerra fría, el gobierno quiso convertir el precario camino que apenas conseguía atravesar unas decenas de kilómetros de ciénagas y bosques, en una carretera que terminaría atravesando Alaska. Más tarde, con la llegada del petróleo, el camino llego al Ártico. Hoy pocos más de una decena de camiones lo atraviesan en invierno.

Durante miles de años, Mathanusca fue el hogar de los indios Athabascan. Ellos poblaron estas tierras y crearon culturas diversas, con diversas lenguas y dialectos.

Cuesta creer que en un entorno tan hostil e inhóspito pudiesen prosperar culturas tan ricas y diferentes, pero el hecho es que lo hicieron. Su organización política y social estaba dentro de una estructura tribal, con lo cual, el grupo rara vez se organizaba más allá de ese conjunto. Posiblemente ese fue el motivo de su permanencia, y de su éxito. Nunca quisieron, ni necesitaron, ni pudieron convertirse en nación, ni en imperio. Ni tan siquiera pudieron crear una cultura prospera y avanzada, se limitaban a vivir de la tierra y con la tierra.

Si hay algo que sobresalga y que se admire en este gran valle, ese el su dios, el que los indios llamaron El mas Grande. Denali, una mole de roca y hielo que se eleva hasta los 6.150 metros, y que se puede ver desde una distancia superior a los 600 kilómetros. Lo que hace única y especial a esta montaña no solo es su altura, sobre todo es el hecho de elevarse sobre un valle que apenas se sitúa en la cota de los 500 metros, con lo cual, Denali crea el mayor abismo que existe en el planeta, una pared de hielo y roca de mas de 5.000 metros.

Realmente asombra ver tan majestuosa figura.

Al atardecer llego a Seep Creek, la sombra del gigante se proyecta sobre el valle, todo se hace oscuro y un día más, la noche cae sobre Mathanusca.

En esta época del año el sol apenas sale cinco horas, la nieve y el hielo lo cubren todo, y un frio intenso me recuerda donde estoy. Cuesta creer que aquí pudiesen prosperar los seres humanos.

JMP291Diario de viaje | Otoño de 2016
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