Primeros viajes

Sabía que existía un lugar de hielos eternos y bosques inmensos, con tantos ríos, lagos y montañas que la mayoría no tenían nombre, un lugar tan lejano y remoto que resultaba difícil imaginarlo, pero no sabía nada de él, ni como llegar, ni a donde ir, ni como sería la vida en esas tierras, solo sabía que yo quería estar allí, que quería descubrirlo. Y es que, para cualquier musher, la idea de recorrer los interminables e inmensos parajes de Alaska con sus perros, es mucho más que un sueño. Un sueño difícil de alcanzar. Un sueño imposible.

A principios de 1992 tomé la decisión de viajar a Alaska, en poco más de dos meses debía preparar mí primera expedición a El Gran Norte. Cientos de horas de desvelos y preocupaciones para organizarlo, no evitaron un alto grado de caos y algo de improvisación. Todo fue muy precipitado, pero había que ir, había llegado el momento, la ilusión es un motor poderoso capaz de superar muchas, muchísimas dificultades.

Alaska ofrece un escenario sobrecogedor, el de allí es un periplo lleno de dificultades y es un proyecto inalcanzable, desde la lejanía de las apacibles y confortables comodidades de nuestra sociedad moderna y cosmopolita. Pero a veces el deseo puede más que la razón y uno se deja llevar, para alcanzar sus sueños.

Fotografiar y documentar mis viajes complicó todo hasta el infinito, y a mi me sumió en la extenuación física, mental y económica, pero mereció la pena. Mereció la pena, no solo por lo que enriqueció mi persona aquella experiencia vital. Mereció la pena además y sobre todo, por que hoy, un cuarto de siglo después puedo observar el pasado con la mirada puesta en aquellas imágenes. Imágenes que inmortalizaron lugares, personas, momentos. Imágenes que nos hacen revivir y vivir. Hoy podemos considerar aquel trabajo, como un valioso documento gráfico. Un documento del que esperamos sea disfrutado, tanto como yo disfruté cuando lo hice.

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